Hay tanto amor en mi vida, que no queda
no el rincón más estrecho para el odio.
¿Dónde quieres que ponga los rencores
que tus vilezas engendrar podrían?
Impasible no soy: todo lo siento,
lo sufro todo... pero como el niño
a quien hacen llorar, en cuanto mira
un juguete delante de sus ojos
se consuela, sonríe,
y las ávidas manos
tiende hacia el sin recordar la pena;
así yo, ante el divino panorama
de mi ideal, ante lo inenarrable
de mi amor infinito,
no siento ni el maligno alfilerazo
ni la cruel y afilada
ironía, ni escucho la sarcástica
risa. Todo lo olvido,
porque soy solo corazón, soy ojos
no más, para asomarme a la ventana
y ver pasar al inefable ensueño,
vestido de violeta,
y con toda la luz de la mañana,
de sus ojos divinos en la quieta
limpidez de fontana...
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