Tierno recinto nuestro, defendido,
donde dulce abandono se apodera
de la ternura abierta, sin frontera,
y nos vuelve momento estremecido.
Eterniza al segundo y, al sonido,
vuélvelo voz, certeza a la quimera,
árbol a la semilla, primavera
perenne a nuestro invierno más temido.
Déjame ser voluble y permanente,
agua vestida de quemante fuego,
desierto de cosecha floreciente,
Llanto feliz, clamor lúcido y ciego
para que pueda así sufrir sonriente
por igual con tu amor y tu despego.
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