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No te llamo Eva,
no te doy nombre alguno de mujer
nacida,
ni de hada ni de diosa ni de musa ni de
sibila ni de tierras
ni de astros ni de flores.
Pero te llamo la que descendió de la luz
de la luna para provocar las mareas
e influir en las cosas oscilantes.
Cuanto veo los enormes campos de
verbena agitando las corolas
sé que no es el viento que sopla, sino
tú que pasas con los cabellos sueltos.
Amo contemplarte en los cardúmenes
de las medusas que van hada los
mares boreales,
o en la bandada de gaviotas y pájaros
de los polos, revoloteando sobre
las tierras heladas.
No te llamo Eva,
no te doy nombre alguno de mujer
nacida.
Tu nombre debe estar en los labios de
los niños que nacieron mudos,
en las arenas movedizas y silenciosas
que ya se fueron al fondo del mar,
en el aire lavado que sigue a las
grandes borrascas,
en la palabra de los anacoretas que te
vieron soñando
y murieron al despertar,
en la parábola que los rayos describen
y que nadie leyó jamás.
En todos esos movimientos hay apenas
silabas de tu nombre secular
que escucharon cosas primitivas y no
las transmitieron a las generaciones.
Esperarnos, amigo, que los sembrados
gratuitos renazcan,
y los animales de la creación se
reconcilien bajo el mismo arcoíris:
entonces se oirá el nombre de ésa a
quien no llama Eva
ni le doy nombre alguno de mujer
nacida.
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Etiquetas: Poemas de amor
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