Felices los normales, esos seres
extraños,
Los que no tuvieron una madre
loca, un padre borracho,
un hijo delincuente,
Una casa en ninguna
parte, una enfermedad
desconocida.
Los que no han sido calcinados
por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete
rostros de la sonrisa y un
poco más.
Los llenos de zapatos, los
arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los
lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los
que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que
son queridos hasta la
empuñadura.
Los flautistas acompañados por
ratones,
Los vendedores y sus
compradores,
Los caballeros ligeramente
sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos
y las mujeres de relámpagos.
Los delicados, los sensatos, los
finos,
Los amables, los dulces, los
comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las
piedras.
Pero que den paso a los que
hacen los mundos y los
sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las
palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos
que sus madres,
los más borrachos,
que sus padres y más
delincuentes que sus hijos.
Y más devorados por amores
calcinantes.
Que les dejen su sitio en el
infierno, y basta.
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