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No hace mucho un hombre de negocios, joven, dejó una conferencia muy importante, después de estar ocupado durante más de una hora en una acalorada discusión sobre política. Cuando entró a su oficina dijo a su secretaria en tono jactancioso:
“Bien, ¡supongo que gane esta discusión!”
Parecía que el triunfo personal era la fuente de la felicidad de ese joven.
Parecía estar menos interesado en ayudar a los demás a ver la verdad que en elevarse asimismo. Tenía la superficialidad del “orgullo de estar en lo cierto”, no la alegría de ayudar a otros a entender mejor la verdad.
Uno debe estar mucho menos interesado en ganar un debate, en forzar a alguien a admitir su derrota, que en ayudarlo a llegar a la verdad. Rara vez gana uno personas por discusiones, pero si por amor, que tiene por objeto suplir lo que pueda fallar en los demás.
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Etiquetas: Historias de amor
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