La frase, favorita de muchas parejas, es falsa como billete de trescientos pesos. Porque si perdonas, olvidas. Y si no olvidas, es que no has perdonado.
La declaración implica una amenaza ("no creas que así de fácil se arreglan estas faltas") y que vas a escribir el asunto en tu lista de agravios, dejando que siga derramando su veneno como un clavo oxidado en la piel de la relación.
Si hay una característica del perdón genuino, una virtud indispensable para lograr la paz y la armonía, es que es incondicional. Eso significa comprender, ceder, olvidar el agravio, conceder una nueva oportunidad. Es, quizá hasta volverse un poco vulnerable.
Pero todas ellas son propiedades del amor genuino, de ese "amor que todo lo soporta, y todo lo perdona", del amor por la persona que elegiste como pareja, por la relación, y de un deseo autentico de resolver el conflicto y sanear la atmósfera.
Pero la mayoría encuentra el camino para el perdón e incluso otorgarlo demasiado cuesta arriba, por que tiene un obstáculo que puede ser una roca muy pesada: el orgullo.
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