Lo peor de todo en una pareja es que ambos estén resentidos, ya que muchas veces utilizan la siguiente frase: te perdono, pero no se me olvida, es un sofisma. Porque si perdonas, debes de olvidar. Y si no olvidas, es que no has perdonado.
Una de las características del perdón genuino, es que debe ser incondicional. Se debe de comprender, es ceder, es olvidar el agravio, es conceder una nueva oportunidad. Lo mejor es quizá, hasta volverse un poco vulnerable. Todo lo anterior son propiedades del amor genuino, de un amor por la persona que elegiste como pareja, de un amor por la relación, y de un deseo auténtico de resolver el conflicto y sanar la atmósfera.
Pero, para mala suerte la mayoría de la gente se encuentra muy cuesta arriba para pedir perdón, e incluso otorgarlo. Porque este camino tiene un obstáculo que puede ser una roca muy pesada: el orgullo.
Pedir perdón...
Siempre para reconocer el error ante la persona que aman, pedirle perdón, puede trascender los límites de lo aceptable. Y lo cierto es que en el amor, como en la guerra, todos pierden cuando los resentimientos y la falta de entendimiento entran en escena, el pedir el perdón no es rebajarse a sí mismo, sino a ver que se tiene la capacidad.
…y concederlo
Muchas veces conceder el perdón también entra el orgullo, el que hace que la otra parte, la ofendida, considere al perdón como un arma y no como un acto de amor.
Puede ir desde el no-perdón, con lo cual el clima de la relación se enfría o se enciende y quien solicitó el perdón se siente justamente ofendido porque, después de todo lo que le costó pedirlo, no le fue otorgado; hasta el “te perdono, con la condición de que...” Nuevamente, el perdón, o es incondicional, o no es perdón.
Dar y pedir perdón es algo que debe hacerse de corazón, o no hacerse. Pero si no se hace, la relación se encamina al desastre.
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