La idea que se tiene del amor de pareja comienza a formarse con los cuentos que oímos durante la infancia, con las novelas que se leen en la adolescencia, en las letras de la música que escuchamos, en las conversaciones entre amigos, en el atisbo a las vidas de los famosos.
Compartir estas reacciones nos ayuda a interactuar con los demás miembros de nuestra sociedad, y nos identifica como parte de ella.
Nosotros mismos formamos el amor, nace de nosotros y en nosotros se desencadena.
Es decir, su funcionamiento esta determinado en gran medida por esta manera de relacionarnos.
Así, cada una de las partes que la integran tenderá a ofrecernos esquemas de acción, patrones de comportamiento, ejemplos a seguir que se insertan en lo más profundo de nuestro inconsciente y nos hacen actuar (¡y sentir!) con una orientación específica.
Decir que el amor es un invento, resquebraja los cimientos más profundos de nuestros valores. Sin embargo, es un hecho que ese coctel de sentimientos que hemos creado, cuyo explosivo resultado llamamos amor, es una creación tan particular que otros grupos humanos ni siquiera lo conciben.
Cada cultura pauta de diferente forma el encuentro entre dos. En la nuestra, buscamos y esperamos que el amor romántico-pasional sea el enlace. Un flechazo que nos toque el corazón y desate torrentes de deseo aderezados con tiernos detalles; fidelidad absoluta y eterna, más allá de la muerte. No como ideal, sino como el objetivo de nuestras vidas.
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