Lo que básicamente necesitamos es asumir que nuestras prácticas amorosas han tornado forma desde un sentido que tiene su origen en dar prioridad a la producción instrumental y a la dominación, pero que es especialmente contraproducente en el amor y la amistad. Se trata, entonces, de ir poniendo en actos un principio de organización vincular diferente: la alianza. Ese debe ser el eje consciente y voluntario de nuestra intención.
Cultivar nuevos recursos
La respuesta requiere cultivar, día a día, los siguientes valores:
Paciencia: Con uno mismo y con el otro, para soportar debilidades, desacuerdos, viejas mañas, mientras tratamos de mejorar.
Compromiso: Para seguir adelante, a pesar de los traspiés, en la búsqueda de formas más alegres y placenteros y, también, para modificar nuestras actitudes y practicas dominadas por la competencia y el afán de imposición.
Atención: Precisamente porque esas viejas mañas tienden a imponerse sin que nos demos cuenta: los celos, el deseo de controlar la vida ajena y el miedo a que el otro no nos ame forman parte de esas mañas.
Responsabilidad: Porque transformar nuestro propio estilo de vínculo es una tarea consciente, voluntaria y cotidiana en la existencia de cada uno.
Atender la felicidad ajena: Una relación amorosa será, entonces, una relación en la que cuento con el otro como aliado en búsqueda de felicidad, tanto como él como para la suya. Esta vocación de atender la felicidad ajena como parte de la propia es esencial al amor.
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